Yo nací aquí y no morí, porque ser un subdesarrollado me hizo bien.
domingo, 19 de agosto de 2012
sábado, 4 de agosto de 2012
Viernes anacrónico.
...el solo de guitarra llegó después de nueve minutos de baile y canto incesante.
Entre el humo y las luces, las siluetas de la gente se iban haciendo más difusas. Mis ojos, crispados y rojos, lentamente pagaban el precio de una noche rebelde y enferma.
La música aumentó la velocidad y el volumen. El hombre del saxo, de aproximadamente unos cincuenta años, bajó del escenario y protagonizó un espectáculo sonoro formidable. Las botellas y los cigarros corrían a su al rededor, mientras dos hombres se peleaban por una mujer a pocos pasos suyos.
Volteé la vista y vi a una rubia cubierta de cuero azabache acercarse hacia mi, con un vaivén justificado por más de dos botellas de vodka, cocaína y tres vueltas en motocicleta al rededor del bar. Clavó sus ojos en los míos, aceleró el descuidado andar y se abalanzó contra mi cuello, envolviéndolo con brazos cortos y cansados.
"¡Se querrá acostar conmigo!" -exclamé con alegría dentro de mi mente.
La chica se quedó mirándome con dulzura, pero no dejaba en claro ninguna intención, hasta que, en un destello fugaz de tiempo, sujetó mi cabeza con fuerza, miró hacia abajo y vomitó un lado de mi chaqueta. Enseguida, se aproximó a mi desconcertada cara, y me besó en la boca con un deseo evidente. Después de un largo, húmedo y descordinado baile de labios, aproximó su boca a mi oído y me gritó:
-¡Esto es rock and roll!
Rápidamente, y sin decir nada más, me volvió a besar, dio media vuelta, y fue por una cerveza a la cantina. Yo no lo podía creer, a pesar de saber en donde estaba metido, jamás pensé que alguien podría hacer algo así, aunque, por estos lugares debe ser muy común, la gente apenas se percató de lo que ocurrió.
Entre tanto pensamiento la perdí de vista. Rápidamente, corrí en dirección a la cantina, empujando a todo aquel que se atreviera a entorpecer mi camino.
Llegué a la cantina y miré a mi alrededor con una desesperación evidente.
-¿Vio a dónde se fue la rubia que atendió recién? le pregunte desesperado al hombre encargado del vicio.
-Abandonó por la puerta, me dijo que ya se marchaba.
Corrí lo más rápido que pude y salí a la carretera. Estaba todo oscuro y ni siquiera se escuchaba el ruido del interior. De pronto, rompiendo con la pereza de la oscuridad, dos luces y un motor anunciaron su presencia desde un costado trasero del bar. Una Davidson negra rugió y se apartó velozmente del antro, pasando por mi derecha.
Una Kolsch en la mano, una calavera en la espalda y un dorado al viento se alejaban raudamente hacia el horizonte, entregándose completamente a los placeres de la noche.
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