domingo, 13 de noviembre de 2011

Esperé la 112 en el paradero mas de media hora, dentro de ese lapso, me dediqué a confeccionar el puzzle de palabras que sentenciaría el resto de mi cordura.
No sabía realmente como generar la conversación, si de manera dulce o abrupta, solo sentía las incontenibles ganas de escupir todo de una vez, guardar silencio, y recibir los filosos resultados.
Al subirme a la micro, decidí limpiar mi mente por un momento, tenía tantas ideas recorriendo el edificio, que temía disparar balas de otra arma, así que recurrí al antiguo método de la música. Fue un camino bastante pacificador, el triste marrón que cubría mi villa se vio revestido por un verde de auténtica primera, además, la gente se veía diferente, todos bien limpios, peinados y perfumados, por un momento pensé que se trataba de alguna especie de señal del destino o que se yo cuanta basura se me pudo ocurrir, pero al menos me sirvió para mantener mi mente en otra vida.

A eso de las 5:30 de la tarde me bajé de la micro y me dispuse a caminar en dirección a su casa, nuevamente, los mil y un pensamientos que se fueron durmiendo en el viaje comenzaron a dar vueltas y vueltas, peleándose entre ellos para poder llegar a la periferia. Caminé en dirección a la cordillera mas o menos diez minutos, luego doblé a la izquierda y me vi parado frente a su casa.
Para continuar con el procedimiento que inicié desde que salí, preferí mantener el perfil bajo y te llamé al celular para no alertar a nadie mas de mi presencia.
Tardaste al menos 15 minutos en salir de tu escondite rosa, con tu cara bien puesta y tus largas piernas, caminaste en dirección a la reja por sobre las piedras que invitan sin preguntar.
En ese instante, un frío descalcificador invadió mi cuerpo en el preciso momento en que tus lentos brazos sin vida se enrollaron en mi cuello. Fugazmente, me sentí conectado contigo como nunca antes lo estuvimos. Indecisión y tristeza fueron algunas de las arpías que pude percibir durante el breve regocijo, el cual me impulsó aún más a sentenciar el extraño y particular momento.

Media hora me tomó deshacerme de todo lo que me pudría el alma y no me dejaba dormir ni en luna llena. Cada palabra que emitía era respondida con un gesto de amargura por parte tuya, en ciertos momentos, me sentía como el criminal mas patético que haya existido, pero no podía detenerme, mi boca ya había perdido las riendas y simplemente se dedicó a comunicar lo que mi corazón callaba desde hace años.
Cuando por fin vacié el cargador y oculté los dientes, noté como tu cuerpo acarició el pavimento con la delicadeza de una hoja en otoño buscando destino. Tus manos temblaban y tus ojos saciaban su sed con agua de mar mientras buscaban explicaciones en el verde del césped.

Sin ningún remordimiento emprendí mi rumbo a casa mientras tus insultos luchaban por calentarme la sangre. Definitivamente era la reacción que esperaba, como si te hubiesen condenado a la oscuridad eterna, como si te hubiesen dejado sin paraíso.
Enseguida, alcé el brazo y me subí a la micro que me llevaría a donde empecé. Sin mayores cambios en mi estado de ánimo, el viaje fue tranquilo como al principio, con la única diferencia de que ahora un rojizo y cálido atardecer me escoltaba a casa. "Todo fue muy extraño" pensé mientras la micro avanzaba, no me sentía diferente ni en lo mas mínimo, es como si me hubiese quedado en casa todo el día. Me pregunté si todo lo vivido valió la pena, si a la larga me hará crecer o solamente fue un trámite con algo de pasión rutinaria e inmediata.

Llegué a casa después de un corto viaje.
Sin sol, sin sociedad, sin sentimientos. Giro la llave, voy a la cocina a prepararme un té de naranja, Elvis en la radio, luz apagada.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Gracias.

Un año tardé en darme cuenta que serías tú la persona encargada de mostrarme un camino diferente, uno que nunca creí posible, ya que los grilletes que hoy miro desde lejos jugaban a los jueces y verdugos.
Provienes del infierno templado, del paraíso sin Eva, de un joven sauce y del vientre de Afrodita. Cada uno forjó tu ser con el cariño más dulce y firme que ningún mortal podría imaginar, creando así al ángel ondulado que con manos de cristal me acaricia en tardes naranjas.

Me deslumbra tu sutileza a la hora de realizar las cosas, de conversar, de reír y de llorar. Cada batir de pestañas, cada suspiro, cada cigarrillo y cada palabra que entrelazamos es el material que se encarga de construir el camino a mi Roma cada día. Por eso es que hoy sonrío, por eso es que el fuego ya no me asusta y mis perseguidores basilan antes de actuar, por eso cada sol lo vivo a pleno y cada luna la sueño llena. Por eso es que te doy las gracias e insisto con un eterno "te quiero".

Estoy feliz, me siento ligero y mi alma descansa hoy gracias a tu ayuda y apoyo incondicional. Si escribo todo esto es porque lo siento, porque lo necesito, porque me gusta, y porque tú me enseñaste.

martes, 8 de noviembre de 2011

Tus líderes.

Hablan de revolución día y noche.
Se llenan la boca con frases que no les pertenecen.
Actúan como hombres frente a las masas y con sus amigos son torpes y sumisos.
Se unieron a un falso ideal con el objetivo de encontrar respuestas.
Han arriesgado su vida y no saben por qué.
Crean y defienden una causa difusa y contradictoria, llena de intereses personales.
Viven esperando ese golpe en la sangre que los motive a forjar sus propias ideas.

Tus líderes, te los presento.

Sordo voy.

Algo dijo tu cuerpo cuando eliminó la seda.
Algo dijo tu tímida silueta, que frágil y serena susurró un deseo.
Algo dijeron tus ojos cuando se aferraron a los míos, y con dulzura los invitaron a quedarse.
Algo dijo tu boca, que ansiosa se dispuso a conocerme.
Algo dijeron tus manos con auténtica suavidad, que juguetonas contaban mis defectos.
Algo dijo tu cuello, que me obligó a escucharlo de cerca.
Algo dijeron tus senos, que incesantes buscaban el cielo a través del techo.
Algo dijeron tus piernas al momento de presentarme, mientras sujetaban el muro que separaba al cielo del infierno.
Algo dijo tu alma cuando subió al cielo en una blanca nube, y algo dijo cuando regresó en una oscura.
Algo dijeron tus manos cuando terminó el conteo.
Algo dijo tu cuerpo que ya no me conoce.
Algo dijo tu rostro gris que se mezcla con la sangre que te molesta.
Algo dijo el café amargo en el centro comercial.
Algo dijo la revista de condorito del noventa y nueve.
Algo dijo mi barba cómplice de la mente que me retuerce.
Algo dijo la húmeda almohada que cada noche me recuerda lo que valgo.

Detonador.

…el tono grisáceo que vestía el establecimiento se vio cubierto por un velo rojo intenso, las ventanas quedaron sueltas y las baldosas del pasillo estaban trisadas. A millas de distancia se podía oír el llanto de la gente ubicada detrás de la cinta amarilla, las sirenas de las ambulancias y carros policiales, y el grito de una madre que perdió a su hijo en un atentado sin manifiesto.

Enseguida, los cuatro nos miramos y decidimos abandonar el lugar, lentamente, disfrutando la banda sonora sin pulso ni ritmo.

Sol de invierno.

Sin vida mi corazón baila, mientras mis cristales disfrutan el rojo espectáculo de un fuego que apaga mis deseos. Poco a poco me rindo, me entrego al oscuro que nunca afloja, a la madera eterna, al tercer pasillo.
Falso abandono que monta mi espalda todas las lunas, derrotando imposibles pero impidiéndome avanzar. ¿Que quieres de mí?
Te escondes cuando te miro a los ojos, huyes de mí a cada momento, pero siempre estas ahí, lo sé, y ellos también.
Si quieres llévame contigo, arrastrame a la puerta trasera que tiene mi nombre, destrúyeme ahora antes que se te adelanten, que clientes tengo muchos, pero no me dejes aquí. No quiero latir otra cumbia sabiendo que me acechas, que quieres que te siga, que forme parte de tu fría luz. Llévame pronto, sol de invierno.