viernes, 24 de octubre de 2014

El dolor es insoportable,
acabo de llegar aquí y se siente toda una eternidad.
En las manos, en los pies, en la espalda, en el cuello.
Demonios retorcidos se ensalzan en mi sangre,
juegas con mis extremidades,
me cortan,
me muerden,
me estiran,
me golpean,
me queman.
Ríen.
Ríen como si se tratara de un espectáculo,
como si se vengaran de mí.

Mis músculos se desgarran poco a poco,
y el sonajear de mis huesos se vuelve la música de ambiente.
Mi sangre ahoga la habitación, decorándola con rapidez.
No puedo salir de aquí.
Los gritos no sirven,
no hay perdón, clemencia ni piedad.

El látigo ruge en el aire y mi espalda se quema.
El látigo ruge de nuevo y mi espalda se parte.
Vuelve a rugir el látigo y mi espalda desaparece.
Ahí viene otra vez.

Con el fuego a mi alrededor se va extinguiendo mi alma,
dejando destellos de vida a la deriva.
Ya entiendo el propósito de este lugar,
obliga a rememorar las atrocidades cometidas en viva,
poniéndote en el lugar de quien las padeció.
Una y otra vez.

Mis piernas yacen en un rincón de la habitación,
los huesos de mis costillas fueron arrojados al fuego.
Mi brazo derecho desapareció cuando perdí la conciencia,
no lo puedo encontrar.
De pronto, todo el dolor desaparece,
y con él mis ojos,
mi cerebro y corazón.
Qué alivio, murmuré.

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El dolor es insoportable,
acabo de llegar aquí y se siente toda una eternidad.
En las manos, en los pies, en la espalda, en el cuello.
Demonios retorcidos se ensalzan en mi sangre,
juegas con mis extremidades,
me cortan,
me muerden,
me estiran,
me golpean,
me queman.
Ríen.
Ríen como si se tratara de un espectáculo,
como si se vengaran de mí.

Mis músculos se desgarran poco a poco,
y el sonajear de mis huesos se vuelve la música de ambiente.
Mi sangre ahoga la habitación, decorándola con rapidez.
No puedo salir de aquí.
Los gritos no sirven,
no hay perdón, clemencia ni piedad.

El látigo ruge en el aire y mi espalda se quema.
El látigo ruge de nuevo y mi espalda se parte.
Vuelve a rugir el látigo y mi espalda desaparece.
Ahí viene otra vez.

Con el fuego a mi alrededor se va extinguiendo mi alma,
dejando destellos de vida a la deriva.
Ya entiendo el propósito de este lugar,
obliga a rememorar las atrocidades cometidas en viva,
poniéndote en el lugar de quien las padeció.
Una y otra vez.

Mis piernas yacen en un rincón de la habitación,
los huesos de mis costillas fueron arrojados al fuego.
Mi brazo derecho desapareció cuando perdí la conciencia,
no lo puedo encontrar.
De pronto, todo el dolor desaparece,
y con él mis ojos,
mi cerebro y corazón.
Qué alivio, susurré.

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El dolor es insoportable,
acabo de llegar aquí y se siente toda una eternidad.
En las manos, en los pies, en la espalda, en el cuello.
Demonios retorcidos se ensalzan en mi sangre,
juegas con mis extremidades,
me cortan,
me muerden,
me estiran,
me golpean,
me queman.
Ríen.
Ríen como si se tratara de un espectáculo,
como si se vengaran de mí.

Mis músculos se desgarran poco a poco,
y el sonajear de mis huesos se vuelve la música de ambiente.
Mi sangre ahoga la habitación, decorándola con rapidez.
No puedo salir de aquí.
Los gritos no sirven,
no hay perdón, clemencia ni piedad.

El látigo ruge en el aire y mi espalda se quema.
El látigo ruge de nuevo y mi espalda se parte.
Vuelve a rugir el látigo y mi espalda desaparece.
Ahí viene otra vez.

Con el fuego a mi alrededor se va extinguiendo mi alma,
dejando destellos de vida a la deriva.
Ya entiendo el propósito de este lugar,
obliga a rememorar las atrocidades cometidas en viva,
poniéndote en el lugar de quien las padeció.
Una y otra vez.

Mis piernas yacen en un rincón de la habitación,
los huesos de mis costillas fueron arrojados al fuego.
Mi brazo derecho desapareció cuando perdí la conciencia,
no lo puedo encontrar.
De pronto, todo el dolor desaparece,
y con él mis ojos,
mi cerebro y corazón.
Qué alivio, pensé.

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El dolor es insoportable,
acabo de llegar aquí y se siente toda una eternidad.
En las manos, en los pies, en la espalda, en el cuello.
Demonios retorcidos se ensalzan en mi sangre,
juegas con mis extremidades,
me cortan,
me muerden,
me estiran,
me golpean,
me queman.
Ríen.
Ríen como si se tratara de un espectáculo,
como si se vengaran de mí.

Mis músculos se desgarran poco a poco,
y el sonajear de mis huesos se vuelve la música de ambiente.
Mi sangre ahoga la habitación, decorándola con rapidez.
No puedo salir de aquí.
Los gritos no sirven,
no hay perdón, clemencia ni piedad.

El látigo ruge en el aire y mi espalda se quema.
El látigo ruge de nuevo y mi espalda se parte.
Vuelve a rugir el látigo y mi espalda desaparece.
Ahí viene otra vez.

Con el fuego a mi alrededor se va extinguiendo mi alma,
dejando destellos de vida a la deriva.
Ya entiendo el propósito de este lugar,
obliga a rememorar las atrocidades cometidas en viva,
poniéndote en el lugar de quien las padeció.
Una y otra vez.

Mis piernas yacen en un rincón de la habitación,
los huesos de mis costillas fueron arrojados al fuego.
Mi brazo derecho desapareció cuando perdí la conciencia,
no lo puedo encontrar.
De pronto, todo el dolor desaparece,
y con él mis ojos,
mi cerebro y corazón.
Qué alivio, suspiré.

lunes, 2 de junio de 2014

Ya no se qué hacer conmigo.

El tiempo arrasa con todo. Creo que mis virtudes y defectos han cambiado mucho de un momento hasta acá. Tanto han cambiado que me cuesta distinguir lo bueno de lo malo. lo correcto de lo incorrecto, lo justo de lo injusto. Han cambiado tanto que ya me siento parte de esta sociedad.
Jamás he sido problemático. Hago de muchas cosas un problema, la mayoría sin ninguna intención de que así sea. Mi cabeza era sencilla, cualquier traspié me daba fuerzas, y el dolor al caer no era el mismo que hoy. Pasé de gato a ratón, de caer parado y tener más de una vida, a huir y esconderme. Diminuto, frágil.
No tengo consejos.
Coraje me queda solo para discutir.
La valentía no subyace de cruzar una luz roja.
El honor me alcanza para no robar y decir la verdad. Verdad que, considerando mi estado, deriva en más latigazos.
Los sentimientos jamás desaparecerán, por suerte. Mi desgracia, sin embargo, es que el negro y el rojo están en constante conflicto.No hay sosiego.
Pienso mucha incoherencia, tanta que se convirtió en mi raciocinio.
No confío en mi memoria.
Grito mucho pero no digo nada.
Mi libertad es respirar cuando quiera.
Soy un voto en blanco cada cuatro años.

Cuando niño, quería dejar huella,
quería existir, pero también quería vivir.
Quería saber que la gente que me llena
se acordaría de mi.
No busco logros, dinero ni fama.
Quiero irme sabiendo que hice lo mejor
para el resto.
Y no me siento intentándolo.

Todo puede cambiar, sin embargo.
Y es lo que me deja firme, un poco más firme.
El mismo tiempo dirá si seré primavera,
o muera hecho piedra.




sábado, 29 de marzo de 2014

La traición.





Después de tanto griterío, muchedumbre y festejo, llego el poder, y con él, la traición.
No paso un segundo y me vi con un ojo morado, dos costillas rotas y un caño en la cien. Mis rodillas sangraban y mi lengua no encontraba el diente lateral. Reí.
Todos me miraban reacios a cualquier lástima, con atisbos de alegría y morbo aflojándoles la boca e iluminándoles los ojos.

Detrás mío, oigo abrirse bruscamente la puerta larga de la van. Dos pares de manos temblorosas y dubitativas  me sujetan de la chaqueta, aprisionándome. Se quedan inmóviles, controlando con firmeza mi escasa resistencia. Enseguida, una voz tosca y penetrante les da en el gusto.
A ciento veinte kilómetros por hora corría la furgoneta blanca, y a ciento veinte caí al árido pavimento que atraviesa el desierto. Rodé unos tres o cuatro metros, y unos diez más allá, oigo caer mi guitarra, suponiéndola destrozada.

Me levanté como pude, quité el polvo de mi rostro y me sacudí los hombros. Muerto de una pierna, avancé en la dirección en donde había caído mi muchacha. La suerte era tal, que hubo partes de la vestimenta que se extraviaron en la arena, más las cuerdas ausentes que removieron en secreto mientras me masacraban.

Emprendí rumbo hacia el norte, con los restos de mi guitarra al hombro. Pese al desahucio, seguía alucinando con la gente coreando mis canciones, con los niños aplaudiendo y los hombres matándose por conseguir a la muchacha más linda del bar. Me dispuse a tararear en mi mente la canción que aquella tarde, me había hecho alcanzar el podeo, y cerrar así, una tarde de ensueño.


miércoles, 12 de marzo de 2014

domingo, 2 de febrero de 2014

Cualquier cosa sobre cualquier cosa sobre la sangre.

       De un puro zonetón salpicó sangre al lavamanos. No me explico como pude cubrir tanto espacio en él, como para haberlo manchado de esa manera. Tan narigón no soy. Tampoco me explico como es que la sangre mancha tanto -con y sin metáfora- las cosas o los lugares. Cuesta mucho sacarla, incluso cuando se deja caer sobre superficies lisas y sólidas -con y sin metáfora, otra vez-.

       Es curioso, terminé por asimilar al hombre como una botella pequeña de Bilz, pero sin gas. (Imagínese aquí, si quiere, a un niño pequeño en el colegio, con un pan en la mano y en la otra la bebida, corriendo y saltando por doquier, a pleno sol, abriendo y cerrando la botella a lo largo de todo el recreo.) Con y sin metáfora, una vez más.

Y así como tenemos sangre revuelta adentro, en cualquier momento se nos abre el frasco y dejamos que la explosión nos descoloque y manche por completo.
     
       Incluso, se puede estar sangrando de la nariz o de cualquier otra parte del cuerpo, y, al mismo tiempo, tener en el bolsillo un frasquito de aceite a medio cerrar. La consecuencia sería técnicamente la misma. Hay mucha gente que pasa por eso, se manchan con sangre y aceite al mismo tiempo, y más de una vez en la vida. (Sin metáfora, hay cocineros descuidados que dejan envases y frascos entreabiertos para volver a ocuparlos luego. Además, muchos de ellos tienen las venas nasales muy delgadas y frágiles, y si sumamos a eso la temperatura de la cocina, es posible que desencadene un sangramiento considerable. Eso sí, no hay que olvidar que bla bla bla...)

El aceite no sale.
La sangre a veces cede, puede que no se vea, pero se aferra más que el aceite. Nunca se va.

miércoles, 22 de enero de 2014

¿Ganamos o perdimos el fallo?

De aquí para allá,
que viene esto, que se va lo otro,
que hoy será mañana si el ayer se repite ahora,
no sabemos querer lo que queremos saber.
Aprenderemos y aprehenderemos,
soltaremos y dejaremos ir, hoy, mañana y siempre.

Una cosa es segura;
el que hace lo que siente, nunca empata.

sábado, 18 de enero de 2014

Comentarista de ajedrez.

Lo que más me estremece los huesos, es el frío que me secuestró esta semana. Treinta y todos los grados de calor desintegrando ánimos, y yo, cual vieja de misa temblando a plena vista...

Pusieron la calefacción dos días nomas estos infelices, y la palabra de Dios, la misma que la semana pasada.

112.

¡Ni el poeta ni el astrónomo ni el del tiempo ni el mapa ni el argonauta ni Apolo, Google o Wikipedia tienen idea de lo que descubrí yo hace 485 días! El sol no "asoma" por el Este ni se "oculta" por el Oeste! ¡Ese es solo un truco de los astros para despistar a los hombres hambrientos de poder y sabiduría!

¡El sol está acá mismo, entre nosotros! Más desafiante aún, me juego la vida afirmando que la luz misma, la esencia más pura de la claridad y el reconfortante calor provienen de este país, de aquí, de Santiago de Chile! ¡Un puro color verde en micro me dejan frente a su incansable resplandor!
Tan afortunado seré, que por gracia del noveno zodiaco fui bendecido con su mirada y su arma, la cual desde el mismo cielo, bajó como alcatraz a desentrañar mis más inquietos deseos.

¡Dichoso aquél que sea capaz de mantener a la estrella más hermosa y majestuosa en su santo reino! ¡Dichoso aquél que se gane un lugar en el cielo junto a su destello armonioso y protector!
Dichoso, sabio y poderoso aquel que logre contar la historia de la diosa más hermosa que alguna vez haya pisado la Tierra.
Dichoso, sabio y poderoso aquel que pueda susurrarle canciones sin quemarse.
Dichoso, sabio y poderoso aquel que reclame con su alma el tesoro del amor.

Dichoso, sabio y poderoso aquel que muera por efecto de sus circunstancias.