Estaba cansada y era la mujer cansada más hermosa que jamás había conocido. Lo comprobé horas mas tarde, en mi casa. Mientras fumaba un cigarrillo metido en la cama, ella se fue desnudando lentamente. Su ropa iba quedando ordenada sobre una silla, y mis ojos la recorrían entera.
Si los ángeles existían se le parecerían -pensé- cuando se tendió a mi lado y sentí el cálido contacto de sus pechos.
Acaricié su espalda, sus caderas suaves, y sólo detuve mis manos con un beso largo que cubrió algo más que su boca.
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