De un puro zonetón salpicó sangre al lavamanos. No me explico como pude cubrir tanto espacio en él, como para haberlo manchado de esa manera. Tan narigón no soy. Tampoco me explico como es que la sangre mancha tanto -con y sin metáfora- las cosas o los lugares. Cuesta mucho sacarla, incluso cuando se deja caer sobre superficies lisas y sólidas -con y sin metáfora, otra vez-.
Es curioso, terminé por asimilar al hombre como una botella pequeña de Bilz, pero sin gas. (Imagínese aquí, si quiere, a un niño pequeño en el colegio, con un pan en la mano y en la otra la bebida, corriendo y saltando por doquier, a pleno sol, abriendo y cerrando la botella a lo largo de todo el recreo.) Con y sin metáfora, una vez más.
Y así como tenemos sangre revuelta adentro, en cualquier momento se nos abre el frasco y dejamos que la explosión nos descoloque y manche por completo.
Incluso, se puede estar sangrando de la nariz o de cualquier otra parte del cuerpo, y, al mismo tiempo, tener en el bolsillo un frasquito de aceite a medio cerrar. La consecuencia sería técnicamente la misma. Hay mucha gente que pasa por eso, se manchan con sangre y aceite al mismo tiempo, y más de una vez en la vida. (Sin metáfora, hay cocineros descuidados que dejan envases y frascos entreabiertos para volver a ocuparlos luego. Además, muchos de ellos tienen las venas nasales muy delgadas y frágiles, y si sumamos a eso la temperatura de la cocina, es posible que desencadene un sangramiento considerable. Eso sí, no hay que olvidar que bla bla bla...)
El aceite no sale.
La sangre a veces cede, puede que no se vea, pero se aferra más que el aceite. Nunca se va.
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