Después de tanto griterío, muchedumbre y festejo, llego el poder, y con él, la traición.
No paso un segundo y me vi con un ojo morado, dos costillas rotas y un caño en la cien. Mis rodillas sangraban y mi lengua no encontraba el diente lateral. Reí.
Todos me miraban reacios a cualquier lástima, con atisbos de alegría y morbo aflojándoles la boca e iluminándoles los ojos.
Detrás mío, oigo abrirse bruscamente la puerta larga de la van. Dos pares de manos temblorosas y dubitativas me sujetan de la chaqueta, aprisionándome. Se quedan inmóviles, controlando con firmeza mi escasa resistencia. Enseguida, una voz tosca y penetrante les da en el gusto.
A ciento veinte kilómetros por hora corría la furgoneta blanca, y a ciento veinte caí al árido pavimento que atraviesa el desierto. Rodé unos tres o cuatro metros, y unos diez más allá, oigo caer mi guitarra, suponiéndola destrozada.
Me levanté como pude, quité el polvo de mi rostro y me sacudí los hombros. Muerto de una pierna, avancé en la dirección en donde había caído mi muchacha. La suerte era tal, que hubo partes de la vestimenta que se extraviaron en la arena, más las cuerdas ausentes que removieron en secreto mientras me masacraban.
Emprendí rumbo hacia el norte, con los restos de mi guitarra al hombro. Pese al desahucio, seguía alucinando con la gente coreando mis canciones, con los niños aplaudiendo y los hombres matándose por conseguir a la muchacha más linda del bar. Me dispuse a tararear en mi mente la canción que aquella tarde, me había hecho alcanzar el podeo, y cerrar así, una tarde de ensueño.

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