domingo, 15 de julio de 2012

Cada vez que me corto el pelo.

Fue una noche de verano. Recuerdo que iba de regreso a mi casa después de un excelente día con una chica que había conocido hacía un tiempo.
Con la sonrisa de oreja a oreja me subí al metro en dirección al hospital Sótero del Río, un trayecto bastante breve, por cierto.
Cuando llegué, bajé las escaleras de la estación y salí frente al hospital. Por motivos que no recuerdo, decidí emprender un camino diferente para volver a casa, siguiendo de largo por la avenida principal y doblando en una calle un tanto descuidada.
Mi boca no despegaba el molde y mi caminar era muy relajado, contemplaba cada casa y pasaje a medida que iba avanzando, mientras hacía un recuento del gran día que había disfrutado.
Tras un extenso andar, me vi parado en Av. Gabriela, frente a una botillería con bastante gente. Cuando cruzaba la concurrida calle, a mi izquierda, escuché un grito que me desgarró hasta el alma. Me giré para ver que había pasado, y vi a una mujer de más o menos treinta años a la cual le habían robado el bolso, y al sujeto con éste, corriendo a toda velocidad directamente hacia donde me encontraba yo.
Me sentí en la obligación de hacer algo, me di cuenta de lo que pasaba y dejé que la adrenalina de la situación me abrazara el cuerpo.
Recuerdo que me devolví a la mitad de la calle y que alcancé a sujetar al tipo de la chaqueta, mientras éste, con insultos estilo Paty Cofré, lanzaba codazos hacia atrás para poder deshacerse de mí y lograr escapar. Con el forcejeo, nos fuimos los dos al suelo. Ahí, en un costado de la calle, mientras el seguía golpeándome, yo buscaba la manera de poder arrebatarle el bolso, haciendo caso omiso de los golpes que me lanzaba.
La pelea continuaba y sentía que mil ojos estaban puestos sobre mí, a la vez que notaba que habíamos paralizado el tráfico en la pista izquierda de la avenida. En ese momento, el sujeto se giró hacia la botillería y pidió ayuda. De inmediato, dos tipos salieron del lugar, uno de ellos con una especie de fierro en la mano.

No pensé en retirarme porque creí que alguna persona que se encontraba expectante me echaría una mano, pero no fue así. Los sujetos llegaron hacia donde nos encontrábamos forcejeando y uno de ellos me golpeó la boca del estómago con una patada, dejándome paralizado y casi sin respiración. El sujeto del fierro, sin titubear ni un segundo, levantó su brazo y me golpeó el costado de la cabeza.

En mi vida había sentido tanto dolor. Quedé botado al lado de la vereda con la cabeza dándome vueltas y las extremidades totalmente apagadas. Perdí la conciencia segundos después.
No se cuanto rato había pasado después de que volví a abrir los ojos. Miré a ambos lados y me di cuenta de que había mucha gente, la cual contaminó todo el lugar con un ruido ensordecedor.
Noté que me habían sentado en un paradero, y que habían dos tipos al lado mío hablándome y pidiéndome que me tranquilizara y que no cerrara los ojos.
No podía ver bien, tenía los ojos muy empañados y no los podía abrir bien, ya que sentía que la herida se me abriría con ellos, solo pude divisar el gran tumulto de gente que rodeaba el paradero y mi hombro derecho repleto de sangre.
Mucho rato duró el panorama antes de que llegara la ambulancia. Sacaron a la gente que me había cuidado, me sujetaron a una camilla y me subieron.
Del trayecto sólo recuerdo que un hombre me colocó un vendaje al rededor de la cabeza y que repitió los intentos por mantenerme despierto.
Me quitaron todo el viaje a casa y me devolvieron al Sótero, me bajaron de la camilla con rapidez y me ingresaron de urgencia a pabellón. Anestesia.
Desperté con un dolor de cabeza insoportable y con seis puntos de adorno en el lado derecho. Me explicaron que la herida no era extensa pero sí muy profunda, y que estuve muy cerca de haber quedado en estado crítico.
Tres o cuatro días duró la recuperación dentro del hospital, al salir, mi mamá me abrazó con mucha fuerza y me dijo lo mucho que me quería, mi padre, en cambio, con su particular manera de comunicar, me miró fijo y movió levemente su cabeza hacia los lados; en mi cabeza interpreté: "Deja de meterte en hueás" o algo así.
Respecto al hecho, nunca supe quien declaró lo que había sucedido, ni tampoco supe de la mujer del bolso, lo único que pude concluir, fue que me habían sacado la chucha, y que me regalaron una cicatríz, -un pelón-, al lado derecho de la cabeza.


Cada vez que me corto el pelo, recuerdo lo que ocurrió esa noche. La cicatriz se muestra como reflejo de un accionar que aún no comprendo, como reflejo de otro caso sin resolver, y como reflejo de una linda cita que hizo de mi memoria un lugar habitable.

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