martes, 28 de febrero de 2012

Viajera de las dos y media.

Cuanta fuerza tenían sus palabras,
cuanto poder manejaba en sus manos sin saberlo.
La simpleza, la alegría y la inteligencia constituían su anatomía espiritual.
Sin temor a nada, férrea y decidida se dispuso a realizar un viaje por su cuenta,
debía encontrar lo que nunca perdió.
Vagó durante años buscando algo que no sabía como era, pero aseguraba que existía.
Recorrió siete mil soles y cinco mil lluvias, levantando rocas y preguntando a los infelices.
En una tarde de esas que no callan, nuestros ojos se encontraron, la tuve tan cerca que creí escuchar sus latidos, pero sentí miedo. Sentí miedo de no saber que hacer, que decir; tampoco pude interpretar ese rostro, esa sublime sonrisa, esos hombros caídos ni ese pelo indomable.
Al pasar junto a ella, me di cuenta de que no notó mi presencia, ni siquiera levanto la cabeza hacia el punto de fuga.
En ese segundo, el Hades arremetió contra mi y me abofeteó, burlándose y torturándome por lo incapaz e ingenuo que fui: ¿Por qué se fijaría en mi?

Volví a casa con ganas de caminar por los ojos de gato, pese a todo, mi corazón insistía en que pude haber hecho algo más esa tarde.
El tiempo pasó muy lento desde aquel encuentro, mi respiración se acortaba cada día que se extinguía, me angustiaba por saber de ella: ¿Dónde estará ahora? ¿Lo habrá encontrado? ¿Es feliz al fin?

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